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La cocina portuguesa: sencillez y calidad

22 - 06 - 2018

Portugal es un país que para muchos es el gran olvidado y para otros la mochila de la península ibérica o Iberia según el gran escritor José Saramago, quien provocó algunas turbulencias políticas y sociales con tal afirmación, consiguiendo una notoriedad pasajera, pero colocando en el mapa a una tierra que invita a viajar por libre y descubrir su belleza oculta.

Vivirlo es toda una sensación, el carácter reservado de los portugueses, se contagia para que la visita sea serena, con un toque pausado y extasiarse con excepcionales conjuntos monumentales y ciudades medievales que salpican muchos lugares de ese país que son mantenidos con esmero, una costa oceánica plagada de multitud de puertos, con flotas de barcos pesqueros amarradas que nos hace intuir que la pesca es una actividad principal, su zona central se nos muestra como una extensión de la Extremadura española, o su capital, Lisboa, considerada como una ciudad decadente como cantan los fados en su barrio de Alfama, pero con un punto cosmopolita, aspectos que se acentúan más en la población cercana de Cascais, con palacios y villas que acogieron a la alta sociedad de antaño y que con los años fueron a menos. Pero ahí siguen, mostrando con orgullo lo que fueron y a quienes acogieron.

En nuestro viaje por libre, seguramente nos incentivará a buscar restaurantes que no aparezcan en ninguna guía, esperando encontrar ese comedor en el que sirven una excepcional comida. Aunque siendo realistas, es difícil descubrir alguno que no haya sido visitado y comentado en alguna de las múltiples redes sociales, blogs de viajeros o gastrónomos. A todos nos contagia lo mismo: ser los robinsones que descubrieron aquel pequeño establecimiento con una cocina excepcional, apartado de los lugares más habituales de las visitas turísticas, después de conducir varios quilómetros por una estrecha carretera, porque alguien nos ha dicho que en aquel establecimiento se come muy bien.

Picados por la curiosidad, callejeamos por ciudades y pueblos, buscando y buscando, preguntando a los lugareños, quienes nos miran sorprendidos al casi interrogarles por lugares que para ellos son los habituales de su barrio, que están ahí desde siempre, pensando (sorprendidos) que nuestra elección está relacionada con los restaurantes con nombre y no en aquella tasca que conserva sus mesas y sillas de formica, una decoración añeja y unas paredes a las que no les vendría mal una capa de pintura. Pero, con un pescado excepcional que al propietario le abastece un amigo pescador, ese que cada día lleva a puerto la carga que almacena su vieja barca, a la que también le vendría bien una mano de pintura.

Hasta que después de unas cuantas vueltas y consecuentes preguntas, descubres en la zona costera del centro de Portugal y en la localidad surfera de Peniche, un restaurante con el emblemático nombre de “A Sardinha”, cumplidor de los requisitos buscados y uno de esos locales con sabor a época pasada, camareros que siempre te recomiendan una cataplana de marisco y como no, el imprescindible bacalao que en Portugal es básico en su cocina o su tributo a las sardinas, doradas de roca o “peixe” del día, que sugerían fueran acompañados con los excelentes vinos portugueses, destacando los del Alentejo. Camareros un tanto inclinados a tragos ocultos de ginjinha, uno de los licores más típicos de Portugal, con mal rollo entre ellos y una cocinera bajita y rolliza, con una destreza inmaculada en la elaboración de los platos. Sin complicarse la vida con aderezos, pero sabiendo trabajar esa fantástica materia prima con una buena brasa.

Visité varias veces este restaurante durante los viajes que realicé hace algunos años, y como todo en la vida, tocó renovación, ahora con un nuevo aspecto que podéis ver su web. Evidentemente, los más que económicos precios ya no son lo que eran. El turismo en Portugal ha crecido de forma exponencial y los restauradores aprendieron que la excelente calidad de sus platos valían más de lo que reflejaban sus cartas.

Pero no solo de pescado se vive en Portugal, las carnes también tienen su protagonismo, como la de un excepcional cochinillo, variadas denominaciones de origen de quesos y, como lo dulce no está reñido con la discreción del carácter de sus gentes, los portugueses son fans de una variada carta de postres y dulces y, si son lisboetas, siempre recomiendan los de Belém.

Los polos opuestos se atraen y eso pasa en Portugal. En su larguísima franja costera de 1.793 kilómetros se mantiene el mismo carácter costumbrista, no solo reflejado en azulejos y adoquines, también en la estructura de su cocina que tiene mucho que ver con el carácter de sus habitantes, la sencillez, la elección de un producto de primerísima calidad y una cocina con poco condimento, subliman el tesoro de saber que nuestros sentidos se colmarán saboreando un producto fresco.

Viajar a Portugal, admirar su historia, perdernos en sus kilométricas playas y disfrutar de su gastronomía es uno de los viajes que siempre recomiendo. Nos os defraudará.

Jose Rabadán

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