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La experiencia de un urbanita escogiendo un melón

23 - 07 - 2015

Desde hace algún tiempo me llegan noticias de una moda que gira en torno a los huertos urbanos. Parece como si de repente todos deberíamos ser autosuficientes con las verduras que ingerimos y comer sano, como es el caso de los muppies, la nueva tribu urbana de moda sustitutiva de los hipsters, identificados como nativos digitales capaces de realizar multitud de cosas a la vez, buscando una vida sana, respeto por el medio ambiente y con un punto yuppie para alcanzar éxito laboral.

Claro que en un piso de cualquier ciudad con una superficie media de 80 metros cuadrados, como no sacrifiquemos espacio necesario para vivir cómodamente o no tengamos una terracita, me pregunto dónde podemos plantar esas mini lechugas con las que nos obsequian en algún que otro supermercado.

A este respecto, me viene a la mente aquella respuesta reflejada en un estudio, cuando a unos niños les preguntaban sobre el origen de los huevos que consumimos y con toda la inocencia del mundo exclamaban: del supermercado. El desconocimiento, o quizás, la lejanía del mundo agrario por parte de los urbanitas, provoca que una mente infantil sin conocimiento previo sitúe en el lugar donde se compra, el maravilloso y duro proceso agrario de producción de los alimentos. La suerte es que en muchos lugares de vacaciones en los que las familias pueden compartir su ocio, cuentan con un huerto o un corral para que los niños tengan una aproximación para conocer que los productos que encontramos en las estanterías de los supermercados, no se producen allí.

Como en mi piso no encuentro el lugar adecuado para un huerto urbano, me he decido por un camino intermedio y ahora que el verano aprieta, busco dominar algo tan básico como escoger un buen melón. Mi capacidad es nula y empiezo a estar cansado de equivocarme en muchas ocasiones en su elección. Espontáneamente tomo una decisión práctica como ir a un puesto del mercado próximo a mi domicilio y realizar un cursillo.

Una vez allí, conozco a Joan, dueño de un puesto de frutas y verduras, con un ranking de cientos de miles de hortalizas vendidas y locuaz personaje que consigue diariamente vaciar su pequeño espacio, abarrotado de cajas, con un mostrador minimalista en el con presteza despacha su mercancía. “Chico -me dice-, lo que me preguntas no tiene muchos secretos -aunque sea un total desconocimiento para mí-. ¿Cuál es la clase de melón que acostumbras a comer?, porque existen más de cien variedades”. Le indico que la de piel de sapo, eso sí lo conozco por su forma de balón de rugby, con una corteza verde surcada de manchas que se asemeja a la piel de ese batracio. Continua con su clase exprés con un vivaracho “como todo en la vida, debes utilizar tus sentidos. Primero la vista, que todo entra por los ojos, si ves grietas o roturas, ¡cuidado!, seguro que se ha golpeado durante el transporte y probablemente no está en buen estado. Si observas alguna zona más clara, siempre deberá ser de color amarillo, porque si es blanca o verdosa, indica que el melón ha sido recogido cuando aún estaba verde”.

Mientras me explica su técnica, no deja de atender a sus clientes, despachando con presteza y sugiriendo a su clientela fiel los productos que sabe que les gustan. En un paréntesis de su frenético despachar, continúa su clase. “No debes olvidar el olfato, porque cuando el melón está un su punto tiene un característico olor dulzón. Si huele mucho es que ya está pasado y si no tiene olor, debes dejarlo madurar un par de días envuelto en un papel de periódico y a temperatura ambiente. También debes oír, si lo sacudes y oyes un chapoteo interior, no lo cojas, pues seguramente ya está pasado. Y no dejes de utilizar el tacto presionando el extremo opuesto al de la mata, si cede uno o dos milímetros, está bueno”.

Mientras iba poniendo en práctica sus consejos con los melones que tenía a mi alcance, me recomendó que para conservarlos una vez abiertos, es conveniente retirar los extremos y las semillas. Esas zonas son las que maduran antes y por donde empiezan a pasarse.

Mi cursillo llegó a su fin, eso sí, con la sensación de haber dejado atrás mi ignorancia melonera y con dos buenos ejemplares en la cesta, bien escogidos, teniendo muy en cuenta los consejos de Joan. Desde mi visita, sólo compro la fruta en el puesto de Joan.

Jose Rabadán

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