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Pastelería Mauri, el refugio de la Rambla de Catalunya

11 - 11 - 2014

A pesar de estar eclipsada por la majestuosidad del Paseo de Gracia, la Rambla Catalunya siempre ha tenido algo especial, con su calzada central que invita a pasear bajo la sombra de los tilos y descubrir su faceta señorial, con el encanto de hacerlo de una forma más relajada que en otras arterias dominadas por la multitud y contemplando una parte del ensanche de Barcelona que nace en la Plaza Catalunya y finaliza en la avenida Diagonal. El diseño de este proyecto quiso dar continuidad a las populares Ramblas intramuros hacia la nueva Barcelona del ensanche, y desde hace años las esculturas de Josep Granyer La jirafa coqueta en el extremo superior y Meditación en el cruce con la Gran Vía, a modo de hitos, delimitan el inicio y el fin de esta rambla. Las piezas se ubicaron en esos dos lugares como resultado de una reivindicación vecinal parando un proyecto que pretendía convertirla en una avenida de circulación de la ciudad.

Estos reclamos y visitar de nuevo la Pastelería Mauri (a la que tenía olvidada desde algún tiempo), para refugiarme y dejar que mis sentidos sufrieran la dominación de pasteles, croissants y todo tipo de delicatesen, fueron culpables de que la mañana del sábado tuviera sentido.

Fui cliente habitual del establecimiento debido a que mi lugar de trabajo estaba cercano a Mauri y porque soy de los que califican al desayuno como un ritual sagrado. Los pocos minutos que dedico a ello son muy agradecidos por mi estómago, quien considera a esta ingesta como la más deseada y apetitosa y, por qué no, atender a determinados comportamientos rutinarios que estabilizan nuestro ritmo vital.

Mi entrada al establecimiento me llevó a percibir lo mismo que la última vez que estuve. Un ambiente modernista y salón de té estilo clásico, eso sí debidamente cuidado y con la armonía de esos locales de toda la vida, que ha sabido mantenerse en el tiempo, con una clientela fiel y con un tono burgués, aunque durante mi estancia comprobé que también es frecuentada por esa gran cantidad de visitantes foráneos que inundan nuestra ciudad, debido a la proximidad del local a muchos lugares turísticos, y de los que acuden a este refugio a la hora de la comida para degustar un menú sencillo pero bien elaborado.

Para aquellos que la pastelería es una gran tentación para sucumbir y dar juego a las endorfinas, Mauri es su lugar natural. Nada más entrar, la vista no es capaz de abarcar todo lo que se puede degustar y expuesto en los mostradores, pasteles, bombones, galletas de diversas clases y dulces de todo tipo, rivalizan con un extenso surtido de bocadillos, con una charcutería que a modo de rebost cuenta con la opción de llevarnos platos preparados. Y con el aroma del café como complemento. Todo ello, quizás, para rendir homenaje a la reina de la abundancia, personaje destacado en la pintura modernista del techo del establecimiento.

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Una vez pasada la zona de la tentación y hacia el interior, se encuentra un salón de té que invita a ocupar una de las mesas y solicitar lo que seguramente nos ha provocado más de una duda ante la multitud de tentadoras propuestas, que a modo de desafío degustativo hemos dejado atrás. Escojo una de las mesas y finalmente me decido por un par de pulguitas, con el acompañamiento de mi socorrido zumo de melocotón y cierre con un café con leche.

De lleno en la labor opípara del desayuno, veo aparecer a Marc Mauri, director del establecimiento y cuarta generación de la familia que emprendió el negocio en 1929. Nos saludamos e iniciamos una conversación en la que rememora la historia familia de Mauri: “El fundador de nuestra saga de pasteleros fue Francesc Mauri que en Manresa se inició en el oficio de pastelero. Su espíritu emprendedor hizo que se afincara en Barcelona, primero en un pequeño local del barrio de Hostafrancs y después en la Rambla de les Flors, donde con dos socios abrieron el restaurant Núria, que con el tiempo se convertiría en uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad. Pero su espíritu era inquieto y la idea de poseer su propio negocio hizo que vendiera sus acciones del Núria en 1929,  adquirió un antiguo establecimiento de ultramarinos en el corazón de la Rambla Catalunya y desarrolló su verdadera vocación, la de pastelero. Rápidamente se hizo con una clientela muy variada gracias a una pastelería para todos y otra más elaborada, que seguía los cánones de la demanda de la burguesía catalana.

La guerra civil, la muerte de Francesc Mauri  y un incendio en 1955,  fueron episodios que pusieron a prueba la unión de la familia y su tesón por mantener el negocio con el mismo espíritu de su creador, pero evolucionando, adaptándose a los tiempos y demandas de los clientes, creando nuevos espacios como el salón de té, bombonería, charcutería y cafetería-restaurant. Todo ello con una de las frases que nosotros tenemos muy presente: El esfuerzo diario para ofrecer la mejor calidad a nuestros clientes y convertirnos en una de las familias más dulces de Barcelona”.

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El paseo por la Rambla Catalunya

Si la excusa era un buen desayuno en Mauri, no menos atractivo es un paseo por la Rambla Catalunya. Muchos son los rincones que sin ostentación, realzan y reclaman protagonismo de esa zona de la ciudad. Los treinta minutos necesarios para recorrerla, pueden convertirse en muchos más si nuestra curiosidad nos detiene para admirarlos.

En su inicio y asomada a la Plaza Catalunya, destaca la Farmacia Catalunya que aún conserva muchos utensilios desde que en 1896 se trasladó a Rambla Catalunya y regentada por una familia con vocación farmacéutica desde varias generaciones. Otra farmacia modernista es la Bolós que se encuentra en el número 77, a la altura de la calle Valencia, que se abrió en el año 1902 y forma parte del Catálogo del patrimonio de la ciudad gracias a la restauración que realizó Jordi de Bolós Giralt, actual propietario de la farmacia y nieto del fundador Antoni de Bolós i Vayreda. Cuentan las crónicas que la trastienda, según el costumbrismo social de la época, fue lugar de tertulias y de encuentro de científicos, intelectuales y artistas.

Otro de los comercios clásicos es la peletería Siberia, fundada en 1891, ubicada en la esquina con Gran Vía, y que tuvo un momento dorado durante la contienda de la Primera Guerra Mundial, período en el que la ciudad vivió una expansión económica que favoreció la venta de sus artículos.

Entre la calle Diputación y la Gran Vía encontramos tres edificios singulares, como la casa Pia Batlló (1891-1896),  considerada una de las obras más representativas de arquitecto Josep Vilaseca, que nos ofrece una visión entre el modernismo y  el eclecticismo. También con cierto aire ecléctico la casa Climent Arola (1900-1902) combina elementos ornamentales clásicos como sus columnas jónicas y balcones barrocos y otros más al estilo modernista. Por último la casa Heribert Pons (1907-1909) posee un estilo arquitectónico centroeuropeo y fue remodelada en los años 30 para habilitarlo como edificio de oficinas.

Llegando al número 43 nos encontramos con un local por el que han pasado tres generaciones de la familia Bolívar. Se trata de la ferretería Bolivar, un negocio que abrió en 1910 y siempre se ha caracterizado por su estado de conservación. Si necesitamos algún herraje o elemento característico de vivienda del ensanche, allí lo encontremos, entre otros de creación propia con inspiración gaudiniana.

Llegando al final de la Rambla y junto a la calle Córcega destaca la Casa Serra, obra del arquitecto Josep Puig I Cadafach que actualmente es la sede de la Diputación de Barcelona y coquetea con el Palau Robert ubicado a escasos metros.

Este pequeño repaso a lugares destacados, nos deja con la nostalgia de los que ya no están y marcaron carácter a la Rambla de Catalunya, galerias de arte, cines y teatros que desafortunadamente ya no están abiertos. La fisonomía comercial ha cambiado a los gustos actuales, aunque eso sí, mantenido una estética que siempre me dejará fascinado.

Como final, una anécdota. Mencionar la finca del número 35, escenario donde se rodó la película Rec y de la que su dueño asegura que “Esto no es la casa del terror”.

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Jose Rabadán

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